Miedo... Nada mas impetuoso que el miedo y la indecisión del atrevimiento, mirándola de lejos me conformo, eso fue lo que pensé por varios días, no me atrevía cruzar palabra alguna. Un día simplemente, terminando la jornada normal de clases, la vi apresurarse a la base del transporte colectivo de la ciudad, presurosa con su peinado de media cola y un fleco muy gracioso, su andar presuroso, su mochila con la figura de un personaje de Walt Disney, unas orejas colgando lateralmente provenientes del rostro de dicha figura. Su falda larga cubriendo prácticamente toda ilusión de vislumbrar la pantorrilla, sus tenis blancos y el sudor en su frente me hicieron constatar qué ese día ella había tenido clase de deportes. El tono de su piel, moreno claro, sus ojos de un color café extraño, tan extraño puesto que nunca había constatado lo hermoso de dicho color.
Todo era tan hermoso, y sin embargo me sentía tan cobarde y conformista, tal como la silaba perdida de un poema infame. Su nombre... nunca lo olvidare, un nombre tan extraño y tan hermoso en ese entonces para mí, y digo en ese entonces, puesto que al pasar de los años, he pronunciado dicho nombre mas veces que el mío, por lo que ya no me es extraño sorprenderme de pronto con su nombre en mis pensamientos.
Marzo, la primavera comenzaba y con ella mi decisión de escribir una nueva historia,- le hablare- Pensé, pero ¿que le diría?, las palabras saldrían en ese momento.
Palabras... simples palabras constataron la verdadera magia del amor, a una edad en qué la niñez sucumbe por los deseos de que lo llamen a uno; muchacho. La primer y verdadera historia para recordar en la vida, el amor inocente y temeroso, tocar su mano, el perfume de su pelo, su peinado, su andar presuroso, su mirada tierna y hasta cierto punto melancólica. No era extraño que mi madre me sorprendiera pronunciando el nombre de aquella hermosa niña, y en ocasiones, yo solo me sorprendía a mitad del día, mitad de la noche, siempre pensando en ella, recordando su rostro hermoso, el sol en su mirada, su fleco, su andar inconfundible.
En aquel entonces, cuando todo hermoso, la inspiración es tan fácil pero a la vez tan difícil de plasmar, que siendo para ese entonces un niño mirando hacia la luna, con su rostro en mi mente y su nombre en mis labios, solo pudo un verso opacar por un instante su rostro, y con la mirada al cielo, recuerdo aquel verso que marcaba el comienzo de la inspiración, y por ende, de lo que fue una hermosa trivialidad de lo eterno, cuando se prefiere hablar de amor.
¡Hoy tendrás que soñarla!
Eso me dijo la luna.
Y no pensaras cosa alguna
qué no sea volver a mirarla.
NasDlo